

El ministerio profético fue el único en el Antiguo Testamento que sobrevivió al Nuevo Testamento. Un profeta debe ser primeramente un adorador, un intercesor, debe tener un espíritu manso ante el Señor, debe ser humilde y dispuesto a ser criticado por otros. El profeta, al igual que todo ministerio, debe ser obediente y sujeto a su autoridad inmediata. Uno de los grandes problemas hoy día es precisamente la falta de sujeción de este ministerio. Muchos profetas caminan como llaneros solitarios, sin ningún tipo de autoridad espiritual y esto ha traído mucho daño al cuerpo de Cristo.
Toda palabra profética antes de ser dada en la iglesia local, debe de ser pesada por la autoridad de dicha casa (1 Corintios 14:29). Las falsas profecías y palabras tan de moda en nuestros tiempos siguen trayendo consecuencias devastadoras en la iglesia del Señor.
La verdadera palabra profética llama al arrepentimiento, a la edificación, a la confesión, a arreglar las cuentas con Dios, a que el pueblo viva en santidad.
La palabra profética activa y libera el plan y los propósitos de Dios para una persona o una iglesia. La palabra profética es creativa. La profecía no sólo nos informa de lo que Dios está haciendo y pensando, sino que impulsa el movimiento espiritual en la iglesia. La profecía hace algo más que confirmar, liberta.
Es importante tener claridad que el profeta no es una nueva figura en el Nuevo Testamento; tal como los profetas de tiempos antiguos, ellos predicen el futuro, porque Dios lo revela por Su Espíritu. Agabo es el profeta más notable en el libro de los Hechos, él predijo una hambruna y el encarcelamiento de Pablo (Hechos 11:27-28; 21:10-14). Los profetas son parte del liderato dedicado al cuerpo de Cristo y a la vida de la congregación (1ª Corintios 14:29-37).
